Dios, el mal y el sufrimiento. Parte I – Por Fernando D.Saraví

  • 1

En su obra ya clásica La cruz de Cristo, John Stott afirmó: “El hecho del sufrimiento indudablemente constituye el mayor desafío singular a la fe cristiana”.Creo que la mayoría de los cristianos conscientes estaremos de acuerdo con Stott. Por cierto es un desafío, pero, como veremos, está lejos de poder impugnar la fe cristiana.

La existencia del mal y su consecuencia, el sufrimiento, se nos impone como una realidad innegable, que no es en sí misma problemática. El problema se plantea cuando uno intenta entender la existencia del mal y del sufrimiento en un universo creado y sostenido por un Dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno. Según escribió el filósofo David Hume (1711-1776), el desafío fue planteado del siguiente modo por el filósofo griego Epicuro (ca. 341- ca. 270 a.C.):

O Dios desea abolir el mal, pero no puede; o puede, pero no desea hacerlo. Si desea abolirlo, pero no puede, es impotente. Si puede, pero no desea hacerlo, es malvado. Si Dios puede abolir el mal, y realmente desea hacerlo, ¿por qué existe el mal en el mundo?.2

Es decir que Dios carece del poder, del deseo (o de ambas cosas) para poner fin al mal. Deberemos tratar este planteo con detalle luego. Por el momento hay que notar que este problema es propio principalmente de la fe judeocristiana. No se plantea así en las demás grandes religiones.

En el hinduismo, el mal es una consecuencia de la ley del karma, según la cual cada acción tiene consecuencias inexorables. Pagar la deuda del karma es una condición necesaria para alcanzar la salvación y salir del ciclo de reencarnaciones sucesivas. Cada individuo debe pagar su propia deuda a través de las buenas acciones y el sufrimiento que debe experimentar.

En el budismo, la raíz del mal y del sufrimiento es la existencia del deseo. Sufrimos porque en lugar de dejar que las cosas transcurran y aceptarlas tal cual se presentan, anhelamos una realidad diferente y sufrimos porque no podemos experimentarla.

Por otra parte, en la tradición monista del lejano Oriente –que incluye el hinduismo y el budismo entre otras religiones o filosofías – existe la creencia de que lo perceptible a nuestros sentidos no es real sino ilusorio,ya que la realidad final es una, en la cual no hay distinción entre el bien y el mal.3

En el Islam, predomina el fatalismo, ya que todo cuanto ocurre es conforme a la voluntad de Dios y por tanto, el creyente debe aceptar lo que le ocurre, ya sea que le parezca bueno o malo, como aquello que Alá ha decidido para él.4

Otro tanto ocurre en la filosofía estoica, que también es fatalista, y según la cual la sabiduría consiste en soportar con valor y presencia de ánimo cualesquiera aflicciones que puedan sobrevenirnos.

Por otra parte, la Biblia enseña la existencia de un único Dios que es supremamente bueno, omnipotente y omnisciente. Los santos del Antiguo Testamento se rebelan y claman a Dios para que ponga fin al mal. Esto puede verse claramente en el libro de Job y en muchos salmos.

En este breve escrito presentaré posibles respuestas que los cristianos podemos proporcionar sobre este tema. Todas ellas buscan demostrar que no hay contradicción lógica entre la existencia de Dios tal como lo revela la Biblia y la existencia del mal y del sufrimiento en este mundo. Una categoría de estas explicaciones se dedica a explicar por qué Dios no es el autor del mal, formulación que se denomina “teodicea”.

De todos modos, la misma Escritura nos advierte que ahora vemos como “por un espejo, veladamente” (1 Corintios 13:121 Corintios 13:12
Spanish: Biblia Reina Valera - revisión de 1995 - RVR95

301 Moved Permanently Moved Permanently The document has moved .

WP-Bible plugin
).5 Nuestro conocimiento es limitado y sería un grave error pretender dar respuestas simples a problemas complejos. Lo que se requiere de nosotros ante el sufrimiento de nuestro prójimo es ante todo compasión y solidaridad. Las respuestas que propongo son, empero, apropiadas para quienes cuestionan la bondad y sabiduría de Dios.

Cuestionamiento moderno sobre el mal y el sufrimiento

Los pensadores cristianos han dedicado mucha atención a estos problemas, al punto de que es difícil que un ateo pueda plantear una pregunta que los cristianos no se hayan hecho a sí mismos, generalmente mucho antes. En tiempos recientes los cuestionamientos se han tornado aún más agudos – al menos en Occidente – como resultado de ciertos desarrollos históricos:

  1. Una de las respuestas cristianas históricas al problema del sufrimiento de los justos era que se trataba de un estado pasajero y breve en términos del plan eterno de Dios. Aunque esta respuesta continúa siendo correcta, durante el Renacimiento se desarrolló una revalorización de la naturaleza, las ciencias y las artes, y con ellas de la vida terrena, con lo cual se tornó más importante tratar de entender el mundo que nos rodea tal como lo experimentamos, es decir, en sus propios términos y no solo, ni primariamente, en función de la vida venidera.

  2. La importancia creciente otorgada a la razón humana desde la Ilustración tendió a tornar al hombre “la medida de todas las cosas” y por tanto a rechazar creencias y doctrinas – en particular las propias de la religión revelada – que no fueran aceptables a la razón humana (sin tener en cuenta, como advirtió Blas Pascal, las limitaciones de la razón humana).

  3. Durante la mayor parte de la historia, el sufrimiento fue aceptado como parte de la experiencia cotidiana de la raza humana y no era motivo para alejarse de Dios, sino todo lo contrario. Cuando la plaga aniquiló un tercio de la población europea en los siglos XIII y XIV, las iglesias se vieron atestadas de fieles rogando misericordia a Dios. Los avances de la ciencia moderna, tanto de las ciencias de la salud como las ciencias ambientales y sus aplicaciones han posibilitado una reducción drástica del sufrimiento. Por ejemplo, la mortalidad infantil se ha reducido enormemente y la expectativa de vida ha crecido décadas entre el siglo XIX y el siglo XXI. Este progreso, que en sí mismo es bueno, ha tenido el efecto colateral de hacernos cada vez más intolerantes al sufrimiento.

A esto debe agregarse el hecho de que la globalización de las comunicaciones hace que estemos al tanto de cualesquiera desgracias ocurran en cualquier parte del mundo. De hecho, muchos de los que rechazan la existencia de Dios lo hacen sobre la base de un sufrimiento que no los afecta personalmente, sino que aflige a personas en países lejanos. Paradójicamente, con frecuencia, en esos mismos países las personas sufrientes reaccionan acercándose a Dios, en lugar de apartarse de Él.

Mal moral y mal natural

Antes de ensayar respuestas, conviene distinguir entre dos clases de mal que pueden conducir al sufrimiento, llamados generalmente mal moral y mal natural.

El mal moral – o pecado – es todo aquél que se deriva de las acciones de seres conscientes y capaces de discernir entre lo que es moralmente bueno o malo. Incluye todo mal que los seres humanos inflingen a otros seres humanos, y también el derivado de seres espirituales rebeldes a Dios (demonios). Si el mal moral desapareciera, el mundo sería un lugar mucho mejor. No habría homicidios, violaciones ni robos; no habría empresarios inescrupulosos, crimen organizado ni políticos corruptos. Gran parte del sufrimiento de la humanidad desaparecería de la noche a la mañana.

El mal natural es la causa del sufrimiento que se debe a desastres que no son causados por acciones humanas (o demoníacas) sino a la operación de las fuerzas de la naturaleza. En esta categoría están los terremotos, huracanes, tsunamis y muchas enfermedades.

Por supuesto, la distinción entre mal moral y mal natural no siempre es neta. Por ejemplo, la codicia e imprudencia humanas pueden causar calentamiento global y promover desastres climáticos, favorecer la propagación de enfermedades o aumentar el número de víctimas de un terremoto. No obstante, la distinción tiene importancia, como se verá luego.

El desafío ateo

Con su habitual lucidez, C. S. Lewis escribió:

El hombre antiguo se acercaba a Dios (o incluso a los dioses) como el acusado se acerca a su juez. Para el hombre moderno, los papeles están invertidos. Él es el juez: Dios está en el banquillo. Es un juez muy benevolente: si Dios tiene una defensa razonable por ser el dios que permite la guerra, la pobreza y la enfermedad, está dispuesto a escucharla. Pero lo importante es que el Hombre está en el Estrado y Dios está en el Banquillo.6

Los ateos emplean la existencia del mal y del sufrimiento como argumentos en contra de la fe cristiana de dos maneras principales:

    1. Para argumentar que la existencia del mal y del sufrimiento es incompatible con la existencia de un Dios que es todopoderoso y supremamente bueno.
    2. Para criticar todo el mal y el sufrimiento que ha sobrevenido a causa de la religión.

Ya que los ateos rechazan la autoridad e inspiración divina de la Biblia, veamos si podemos contestar sus objeciones empleando únicamente la razón.

¿Cuánto mal es permisible?

Algunas personas admiten que, dada la naturaleza del mundo y nuestra imperfección, cierto grado de mal y sufrimiento puede ser comprensible, pero rechazan lo que consideran males y sufrimientos extremos e incomprensibles – como el holocausto nazi y miles de violaciones, torturas y homicidios. Aunque se trata de males que hacen los hombres, solamente pueden hacerlos porque Dios lo permite. ¿Por qué Dios no los impide? ¿De veras es necesario tanto mal y sufrimiento? Una primera observación aquí es la siguiente:

Algunos dicen que el sufrimiento humano parece ir más allá de lo que un buen Dios permitiría. El problema con esta objeción es que nadie realmente experimenta “la suma del sufrimiento humano”. Cada persona puede experimentar solamente su propio sufrimiento.7

El problema aquí es más cuantitativo que cualitativo. Una posible respuesta es la siguiente. Supongamos que Dios impidiese sistemáticamente ciertos males, como por ejemplo el homicidio o la muerte accidental de niños pequeños. ¿Atribuiríamos esta mejora a Dios o la consideraríamos un progreso de la humanidad? Y una vez que dicho mal desapareciera, ¿no nos volveríamos cada vez más exigentes –como de hecho ha ocurrido – demandando la supresión de males cada vez menores?

El caso es que todos en algunas ocasiones obramos mal. Si Dios interviniera cada vez que una persona fuera a hacer algo malo, anularía nuestra libertad para decidir y seríamos buenos por decreto divino. Esto obviamente sería el fin del libre albedrío y de nuestra capacidad de educar nuestra voluntad para tomar las decisiones correctas. También implicaría el fin de la posibilidad de amar libremente a Dios, que es el propósito fundamental de nuestra existencia.

Una fuente de confusión – y no solamente para los ateos – es una concepción errónea de los adjetivos “omnipotente” y “todopoderoso”. Estas palabras significan la capacidad de hacer todo lo que el poder puede hacer, no de hacer cualquier cosa imaginable. Hay muchas cosas que el Todopoderoso no puede hacer. Algunas porque son contradicciones lógicas y otras porque son contrarias al carácter de Dios. Entre las primeras, Dios no puede hacer un triángulo de cuatro lados, ni puede crear una roca tan grande que él mismo no pueda mover. Entre las últimas, Dios no puede mentir, no puede contradecirse, no puede cambiar en su carácter. Notablemente, Dios no puede obligarnos a que lo amemos, aunque su poder pueda obligarnos a obedecerle y hasta pueda destruirnos.

Lo que Dios en efecto ha hecho es crearnos con libertad para decidir, ha puesto en nosotros una conciencia moral y un sentido de justicia, y se ha revelado a nosotros a través del orden creado, de las Escrituras y supremamente a través de Jesucristo. Además, nos ha puesto en un mundo ordenado, regulado por leyes naturales que hacen previsibles las consecuencias de nuestras acciones.

Retornando al cuestionamiento ateo, debemos ante todo admitir que nuestra razón es limitada. Queremos entender, pero no siempre estamos en condiciones de hacerlo. Es muy probable que, con frecuencia, nosotros no percibamos las razones que Dios puede tener para permitir lo que nosotros vemos como males excesivos, pero esto lógicamente no implica negar que Dios pueda tener razones legítimas y moralmente suficientes para permitirlos. De hecho, solamente quien tuviera omnisciencia estaría en condiciones de llegar a tal negación con fundamento adecuado. Dinesh D’Souza observa: “Ya que Dios solo entiende el diseño total y el propósito de la creación, esperaríamos que la creación fuera totalmente comprensible solamente para él”.8

Una persona solamente puede afirmar que los males y el sufrimiento percibidos carecen de propósito y que ningún bien puede compensarlos o superarlos, si presupone que no existe Dios, ni una realidad trascendente, ni vida eterna. Sin embargo, como observa el filósofo cristiano Edward Feser,

Pero si él está presuponiendo que no hay Dios, entonces al presentar su argumento basado en el mal [contra la existencia de Dios], está simplemente argumentando en círculos, suponiendo la misma cosa que está tratando de demostrar, y en consecuencia no la está demostrando en absoluto.9

Por el contrario, si la existencia de Dios no se descarta de antemano, la realidad del mal y el sufrimiento no pueden emplearse como argumento en contra de tal existencia; de hecho, como veremos más adelante, nuestra percepción del mal y del sufrimiento es más bien un argumento a favor de la existencia de Dios. Por esto, como nota Turek, cuando no se descarta una perspectiva trascendente:

ni siquiera el peor mal cometido por criaturas libres ni el sufrimiento causado por desastres naturales puede ser considerado sin propósito. (…) Es por eso que la mayoría de los filósofos concuerdan en que la existencia del mal no es incompatible con la existencia de Dios.10

¿Hay algo malo en este mundo?

Los ateos conciben generalmente al universo como un sistema cerrado, en el cual todo ocurre exclusivamente según las leyes naturales. En esta concepción, el hombre es un producto más de este universo, y por tanto – si bien más complejo que otros animales – todos sus pensamientos y acciones están determinados por la actividad eléctrica y las reacciones químicas que tienen lugar en su cerebro. El Premio Nobel Francis Crick lo expresó claramente, en su libro La hipótesis sorprendente: “La hipótesis sorprendente es que«tú»,tus gozos y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y libre albedrío, no son de hecho nada más que el comportamiento de un vasto conjunto de neuronas y sus moléculas asociadas”.11

Esta idea presenta serios problemas. Uno de ellos es que es totalmente ajena a la experiencia humana universal. El segundo es que – si fueran así las cosas – no hay ninguna razón para admitir que nuestro propio pensamiento pudiera tener correspondencia con la realidad, y, en consecuencia, nada de lo que digamos puede ser objetivamente cierto o falso (incluyendo, claro, lo que pensaba el pobre Crick).

Un tercer problema, relacionado con los anteriores, se manifiesta cuando hablamos del bien y del mal. Un materialista ateo consistente nunca podría decir, en sentido estricto, que algo está moralmente bien o mal. Cuanto más, podría decir que él lo aprueba o desaprueba, o que le gusta o disgusta, siempre dependiendo de su electrofisiología y química cerebral.

No obstante, los seres humanos normales tienen invariablemente un sentido moral, una percepción – intuitiva o razonada – de que hay cosas que están bien y otras que están mal. Podría argüirse que las cosas que diferentes personas, en diferentes tiempos y lugares, consideran que están bien o mal son diversas, pero ese no es mi punto aquí. Lo crucial es que el ser humano tiene un sentido del bien y del mal.

Desde luego, los materialistas ateos que cuestionan la existencia de Dios con el argumento de que ella es incompatible con la existencia del mal, suponen que el mal realmente existe. Ellos dan conferencias, sostienen debates y publican blogs, artículos y libros destinados a convencer a los demás de sus propios puntos de vista, incluyendo, claro, aquellas cosas que ven como buenas o malas (por ejemplo, la ciencia es algo bueno, la religión es algo malo). Pero tal actividad presupone que existe alguna norma objetiva que todos los seres humanos pueden comprender y aceptar racionalmente; de lo contrario, todo lo que dicen no pasa de ser una mera opinión –y,según su propia cosmovisión, el inexorable resultado de su actividad cerebral.

En consecuencia, el sentido moral del ser humano y su consciencia de la existencia del mal, lejos de ser un argumento contra la existencia de Dios, son en realidad argumentos a favor. Como lo expresa Charlie Campbell:

La existencia del mal es realmente una prueba de que existe Dios. (…) Es el mal que realmente existe lo que verifica que hay una ley moral fáctica, objetiva, real en el universo. Pero no puede haber tal cosa como una ley moral objetiva sin alguien que la establezca, Dios.12

En otras palabras, toda vez que uno reconoce la existencia del mal está admitiendo – explícita o implícitamente – que hay una norma objetiva por la cual pueden juzgarse las cosas. Ya que ningún ser humano puede establecer normas objetivas – ciertas para todos y en todas partes – la mejor explicación de tal norma es que procede de Dios.

Notas

1John R. W. Stott.The Cross of Christ. Downers Grove: InterVarsity Press, 1986, p. 311. Hay edición en español de Ediciones Certeza (1996) y Ediciones Andamio(2015).
2David Hume,Dialogues Concerning Natural ReligionandThe Natural History of Religion. Oxford: Oxford University Press, 1993, p. 100. La cita está en la parte 10 de los Diálogos. Se trata, no obstante, de una cita apócrifa para respaldar un planteo propio de Hume, ya que eso no era lo que pensaba Epicuro. Tal vez Hume se basó en lo dicho acerca de Epicuro por el escritor cristiano Lactancio (240-320), en su tratado La ira de Dios; pero Lactancio tampoco comprendía bien la enseñanza de Epicuro. Ver John Penwill. Does God care? Lactantius versus Epicurus inDe Ira DeiSophia43 (1): 23-43, 2004.
3Para un resumen de las creencias de las religiones del Lejano Oriente, ver Fernando D. Saraví. Invasión desde Oriente. Los peligros de las nuevas filosofías hinduistas. Barcelona: CLIE, 1995.
4 Daniel Brown.A New Introduction to Islam. Oxford: Blackwell, 2004, pp. 137-138.
5 Las citas bíblicas han sido tomadas de La Biblia de las Américas(The Lockman Foundation, 1986).
6 C. S. Lewis. God in the dock. In God in the Dock: Essays on Theology and Ethics(edited by Walter Hooper). Grand Rapids, Mi.: Eerdmans, 1970, p. 244.
7Frank Turek.Stealing from God. Why Atheists Need God to Make Their Case. Colorado Springs: NavPress, 2014, capítulo 5 (posición 2506 en la edición Kindle).
8 Dinesh D’Souza.God Forsaken. Carol Stream: Tyndale House Publishers, 2010, p. 70.
9 Edward Feser.The Last Superstition. A Refutation of the New Atheism. South Bend: St. Augustine Press, 2008, cap. 4 (posición 3059 en la edición Kindle).
10 Frank Turek, obra citada (posición 2534 en la edición Kindle).
11 Francis Crick.The Astonishing Hypothesis. The Scientific Search for the Soul. New York: Touchstone, 1994, p. 3.
12 Charlie Campbell.Does Evil and Suffering Disprove God’s Existence (Lecture).www.alwaysbeready.com/index.php?option=com_content&view=article&id=181
Fernando D. Saraví

Doctor en Medicina (Universidad Nacional de Cuyo, Argentina). Diplomado en Teología (Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos, Estados Unidos). Profesor en la Universidad Nacional de Cuyo. Investigador del ministerio Razones Para Creer (filial argentina de Reasons To Believe). Profesor en el Instituto Bíblico Evangélico de Mendoza (Argentina). Autor de varios libros, entre los que se destacan El mormonismo al descubierto: El “otro” testamento de Jesucristo (Portavoz, 1997), Jesucristo o Mahoma (CLIE, 2013) y La profecía de las setenta semanas: Otro punto de vista (CLIE, 2013). Es consultado por los medios de comunicación en Argentina como científico y especialista en bioética.